Debate: ¿La Globalización ha muerto?

Debate
En esta conversación compartimos las ideas de Álvaro García Linera, Vice-presidente de Bolivia, sobre el ‘fin de la globalización’ y en el lado opuesto del espectro, Miguel Ángel Barrios, doctor en educación y ciencias políticas, discute la perspectiva del primero en un debate marxista de primer nivel. 

La globalización ha muerto

 

*Agencia Brasil

 

por Álvaro García Linera

 

El desenfreno por un inminente mundo sin fronteras, la algarabía por la constante jibarización de los Estados-nacionales en nombre de la libertad de empresa y la cuasi religiosa certidumbre de que la sociedad mundial terminaría de cohesionarse como un único espacio económico, financiero y cultural integrado, acaban de derrumbarse ante el enmudecido estupor de las élites globalófilas del planeta.

 

La renuncia de Gran Bretaña a continuar en la Unión Europea ‒el proyecto más importante de unificación estatal de los últimos 100 años‒ y la victoria electoral de Trump ‒que enarboló las banderas de un regreso al proteccionismo económico, anunció la renuncia a tratados de libre comercio y prometió la construcción de mesopotámicas murallas fronterizas‒, han aniquilado la mayor y más exitosa ilusión liberal de nuestros tiempos. Y que todo esto provenga de las dos naciones que hace 35 años atrás, enfundadas en sus corazas de guerra, anunciaran el advenimiento del libre comercio y la globalización como la inevitable redención de la humanidad, habla de un mundo que se ha invertido o, peor aún, que ha agotado las ilusiones que lo mantuvieron despierto durante un siglo.

 

Y es que la globalización como meta-relato, esto es, como horizonte político ideológico capaz de encausar las esperanzas colectivas hacia un único destino que permitiera realizar todas las posibles expectativas de bienestar, ha estallado en mil pedazos. Y hoy no existe en su lugar nada mundial que articule esas expectativas comunes; lo que se tiene es un repliegue atemorizado al interior de las fronteras y el retorno a un tipo de tribalismo político, alimentado por la ira xenofóbica, ante un mundo que ya no es el mundo de nadie.

 

La medida geopolítica del capitalismo

 

Quien inició el estudio de la dimensión geográfica del capitalismo fue Marx. Su debate con el economista Friedrich List sobre el “capitalismo nacional” en 1847 y sus reflexiones sobre el impacto del descubrimiento de las minas de oro de California en el comercio transpacífico con Asia, lo ubican como el primer y más acucioso investigador de los procesos de globalización económica del régimen capitalista. De hecho, su aporte no radica en la comprensión del carácter mundializado del comercio que comienza con la invasión europea a América sino en la naturaleza planetariamente expansiva de la propia producción capitalista.

 

Las categorías de subsunción formal y subsunción real del proceso de trabajo al capital con las que Marx devela el automovimiento infinito del modo de producción capitalista, suponen la creciente subsunción de la fuerza de trabajo, el intelecto social y la tierra, a la lógica de la acumulación empresarial, es decir, la supeditación de las condiciones de existencia de todo el planeta a la valorización del capital. De ahí que en los primeros 350 años de su existencia, la medida geopolítica del capitalismo haya avanzado de las ciudades-Estado a la dimensión continental y haya pasado, en los últimos 150 años, a la medida geopolítica planetaria.

 

La globalización económica (material) es pues inherente al capitalismo. Su inicio se puede fechar 500 años atrás, a partir del cual habrá de tupirse, de manera fragmentada y contradictoria, aún mucho más.

 

Si seguimos los esquemas de Giovanni Arrighi en su propuesta de ciclos sistémicos de acumulación capitalista a la cabeza de un Estado hegemónico: Génova (siglos XV-XVI), los Países Bajos (siglo XVIII), Inglaterra (siglo XIX) y Estados Unidos (siglo XX), cada uno de estos hegemonesvino acompañado de un nuevo tupimiento de la globalización (primero comercial, luego productiva, tecnológica, cognitiva y, finalmente, medio ambiental) y de una expansión territorial de las relaciones capitalistas. Sin embargo, lo que sí constituye un acontecimiento reciente al interior de esta globalización económica es su construcción como proyecto político-ideológico, esperanza o sentido común, es decir, como horizonte de época capaz de unificar las creencias políticas y expectativas morales de hombres y mujeres pertenecientes a todas las naciones del mundo.

 

El “fin de la historia”

 

La globalización como relato o ideología de época no tiene más de 35 años. Fue iniciada por los presidentes Ronald Reagan y Margaret Thatcher, liquidando el Estado de bienestar, privatizando las empresas estatales, anulando la fuerza sindical obrera y sustituyendo el proteccionismo del mercado interno por el libre mercado, elementos que habían caracterizado las relaciones económicas desde la crisis de 1929.

 

Ciertamente fue un retorno amplificado a las reglas del liberalismo económico del siglo XIX, incluida la conexión en tiempo real de los mercados, el crecimiento del comercio en relación al Producto Interno Bruto (PIB) mundial y la importancia de los mercados financieros, que ya estuvieron presentes en ese entonces. Sin embargo, lo que sí diferenció esta fase del ciclo sistémico de la que prevaleció en el siglo XIX fue la ilusión colectiva de la globalización, su función ideológica legitimadora y su encumbramiento como supuesto destino natural y final de la humanidad.

 

Y aquellos que se afiliaron emotivamente a esa creencia del libre mercado como salvación final no fueron simplemente los gobernantes y partidos políticos conservadores, sino también los medios de comunicación, los centros universitarios, comentaristas y líderes sociales. El derrumbe de la Unión Soviética y el proceso de lo que Gramsci llamó transformismo ideológico de ex socialistas devenidos en furibundos neoliberales, cerró el círculo de la victoria definitiva del neoliberalismo globalizador.

 

¡Claro! Si ante los ojos del mundo la URSS, que era considerada hasta entonces como el referente alternativo al capitalismo de libre empresa, abdica de la pelea y se rinde ante la furia del libre mercado ‒y encima los combatientes por un mundo distinto, públicamente y de hinojos, abjuran de sus anteriores convicciones para proclamar la superioridad de la globalización frente al socialismo de Estado‒, nos encontramos ante la constitución de una narrativa perfecta del destino “natural” e irreversible del mundo: el triunfo planetario de la libre empresa.

 

El enunciado del “fin de la historia” hegeliano con el que Fukuyama caracterizó el “espíritu” del mundo, tenía todos los ingredientes de una ideología de época, de una profecía bíblica: su formulación como proyecto universal, su enfrentamiento contra otro proyecto universal demonizado (el comunismo), la victoria heroica (fin de la guerra fría) y la reconversión de los infieles.

 

La historia había llegado a su meta: la globalización neoliberal. Y, a partir de ese momento, sin adversarios antagónicos a enfrentar, la cuestión ya no era luchar por un mundo nuevo, sino simplemente ajustar, administrar y perfeccionar el mundo actual pues no había alternativa frente a él . Por ello, ninguna lucha valía la pena estratégicamente pues todo lo que se intentara hacer por cambiar de mundo terminaría finalmente rendido ante el destino inamovible de la humanidad que era la globalización. Surgió entonces un conformismo pasivo que se apoderó de todas las sociedades, no solo de las élites políticas y empresariales, sino también de amplios sectores sociales que se adhirieron moralmente a la narrativa dominante.

 

La historia sin fin ni destino

 

Hoy, cuando aún retumban los últimos petardos de la larga fiesta “del fin de la historia”, resulta que quien salió vencedor, la globalización neoliberal, ha fallecido dejando al mundo sin final ni horizonte victorioso, es decir, sin horizonte alguno. Trump no es el verdugo de la ideología triunfalista de la libre empresa, sino el forense al que le toca oficializar un deceso clandestino.

 

Los primeros traspiés de la ideología de la globalización se hacen sentir a inicios de siglo XXI en América Latina, cuando obreros, plebeyos urbanos y rebeldes indígenas desoyen el mandato del fin de la lucha de clases y se coaligan para tomar el poder del Estado. Combinando mayorías parlamentarias con acción de masas, los gobiernos progresistas y revolucionarios implementan una variedad de opciones posneoliberales mostrando que el libre mercado es una perversión económica susceptible de ser reemplazada por modos de gestión económica mucho más eficientes para reducir la pobreza, generar igualdad e impulsar crecimiento económico.

 

Con ello, el “fin de la historia” comienza a mostrarse como una singular estafa planetaria y nuevamente la rueda de la historia ‒con sus inagotables contradicciones y opciones abiertas‒ se pone en marcha. Posteriormente, en 2009, en EE.UU. el hasta entonces vilipendiado Estado, que había sido objeto de escarnio por ser considerado una traba a la libre empresa, es jalado de la manga por Obama para estatizar parcialmente la banca y sacar de la bancarrota a los banqueros privados. El eficienticismo empresarial, columna vertebral del desmantelamiento estatal neoliberal, queda así reducido a polvo frente a su incompetencia para administrar los ahorros de los ciudadanos.

 

Luego viene la ralentización de la economía mundial, pero en particular del comercio de exportaciones. Durante los últimos 20 años, este crece al doble del Producto Interno Bruto (PIB) anual mundial, pero a partir del 2012 apenas alcanza a igualar el crecimiento de este último, y ya en 2015 es incluso menor, con lo que la liberalización de los mercados ya no se constituye más en el motor de la economía planetaria ni en la “prueba” de la irresistibilidad de la utopía neoliberal.

 

Por último, los votantes ingleses y norteamericanos inclinan la balanza electoral a favor de un repliegue a Estados proteccionistas ‒si es posible amurallados‒, además de visibilizar un malestar ya planetario en contra de la devastación de las economías obreras y de clase media, ocasionado por el libre mercado planetario.

 

Hoy, la globalización ya no representa más el paraíso deseado en el cual se depositan las esperanzas populares ni la realización del bienestar familiar anhelado. Los mismos países y bases sociales que la enarbolaron décadas atrás, se han convertido en sus mayores detractores. Nos encontramos ante la muerte de una de las mayores estafas ideológicas de los últimos siglos.

 

Sin embargo, ninguna frustración social queda impune. Existe un costo moral que, en este momento, no alumbra alternativas inmediatas sino que ‒es el camino tortuoso de las cosas‒ las cierra, al menos temporalmente. Y es que a la muerte de la globalización como ilusión colectiva no se le contrapone la emergencia de una opción capaz de cautivar y encauzar la voluntad deseante y la esperanza movilizadora de los pueblos golpeados. La globalización, como ideología política, triunfo sobre la derrota de la alternativa del socialismo de Estado, esto es, de la estatización de los medios de producción, el partido único y la economía planificada desde arriba. La caída del muro de Berlín en 1989 escenifica esta capitulación. Entonces, en el imaginario planetario quedo una sola ruta, un solo destino mundial. Y lo que ahora está pasando es que ese único destino triunfante también fallece, muere. Es decir, la humanidad se queda sin destino, sin rumbo, sin certidumbre. Pero no es el “fin de la historia” ‒como pregonaban los neoliberales‒, sino el fin del “fin de la historia”; es la nada de la historia.

 

Lo que hoy queda en los países capitalistas es una inercia sin convicción que no seduce, un manojo decrépito de ilusiones marchitas y, en la pluma de los escribanos fosilizados, la añoranza de una globalización fallida que no alumbra más los destinos. Entonces, con el socialismo de Estado derrotado y el neoliberalismo fallecido por suicidio, el mundo se queda sin horizonte, sin futuro, sin esperanza movilizadora. Es un tiempo de incertidumbre absoluta en el que, como bien intuía Shakespeare, “todo lo sólido se desvanece en el aire”. Pero también por ello es un tiempo más fértil, porque no se tienen certezas heredadas a las cuales asirse para ordenar el mundo. Esas certezas hay que construirlas con las partículas caóticas de esta nube cósmica que deja tras suyo la muerte de las narrativas pasadas.

 

¿Cuál será el nuevo futuro movilizador de las pasiones sociales? Imposible saberlo. Todos los futuros son posibles a partir de la “nada” heredada. Lo común, lo comunitario, lo comunista es una de esas posibilidades que está anidada en la acción concreta de los seres humanos y en su imprescindible relación metabólica con la naturaleza. En cualquier caso, no existe sociedad humana capaz de desprenderse de la esperanza. No existe ser humano que pueda prescindir de un horizonte, y hoy estamos compelidos a construir uno. Eso es lo común de los humanos y ese común es el que puede llevarnos a diseñar un nuevo destino distinto a este emergente capitalismo errático que acaba de perder la fe en sí mismo.


 

La globalización no ha muerto: respuesta a Álvaro García Linera

Foto tomada de radiouniversidad.unse.edu.ar

por Miguel Ángel Barrios

 

En los últimos días ha proliferado en numerosos sitios de Internet una nota de opinión sobre un diagnóstico de la situación mundial del actual Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera titulada “La globalización ha muerto” (1)

 

Teniendo en cuenta la personalidad internacional de Linera y su profundidad intelectual, la nota nos parece sirve como disparador del debate para la acción que necesita Nuestra América en un momento crucial de su historia y del destino que nos toca en la globalización.

 

Nos tomaremos la humilde licencia de disentir con Linera en algunos puntos de sus planteos porque consideramos que el tiempo estratégico que nos toca vivir y actuar, nos obliga al coraje de discutir y debatir sin medias tintas, ya que nos une el mismo objetivo y los idénticos anhelos: la independencia de América Latina. Por eso realizamos esta nota, no con el afán de ponernos a la altura de Linera, pero con el convencimiento que a la independencia la haremos -si la realizamos- entre todos, que no estamos en la época del Rey Filósofo de Platón.

 

Por lo tanto, no entraremos a analizar desde que paradigma reflexiona Linera, sino señalar errores que nos parecen nodos estratégicos de la situación mundial y regional que Linera soslaya. Demás está decir que es un planteo distinto, pero no pretende ser monopólico, sino que sirva como disparador de un debate de ideas para la acción.

 

No escribimos desde una “neutralidad cientificista” sino embarrados en la militancia político académica por la Patria Grande de Manuel Ugarte y del continentalismo de Juan Domingo Perón. Aclarado este punto, pasamos a enumerar en general lo que consideramos errores o verdades parciales que pueden conducirnos a falsos diagnósticos, para lograr una hoja de ruta que nos ubiquen en el horizonte de la autonomía.

 

Álvaro García Linera realiza en la nota citada un muy importante bosquejo del estado de la situación mundial bajo el título “La globalización ha muerto”.

 

En verdad la llamada globalización , mundialización, sistema-mundo o universalismo-como lo denominó Juan Perón de manera anticipatoria -es un proceso histórico multidimensional- de interconexión mundial no de integración ni de homogeneización que abarca y atraviesa todas las dimensiones, desde lo político, lo económico, lo científico-tecnológico, lo social, lo cultural , lo demográfico. Lo que queremos decir que independientemente del nombre, este sistema de interconexión mundial que se inició en el siglo XV en Europa con la emergencia del capitalismo y las grandes expansiones geográficas que dan origen a la política mundial y a la generación de centros y periferias y viceversa, no puede ser reducido a un fenómeno exclusivamente capitalista, porque caeríamos en una interpretación dogmática del proceso histórico y no estratégica.

 

La globalización puede ser parcialmente entendida, si se lo asocia exclusivamente con el neoliberalismo , en verdad la última sub etapa de la globalización, que se inicia hace unos 40 años cuando se rompe el consenso keynesiano .El neoliberalismo entiende a la globalización desde una visión ideológica donde el mercado gobierna y la política administra, y el mercado se unifica a través del gobierno de las finanzas y nos hallamos ante el “fin de la historia”, de la “geografía” y hasta del mismísimo Estado, sin precisar qué Tipo de Estado entra en crisis y que tipo de Estado surge.

 

Lo que está en crisis -punto de inflexión desde su origen etimológico griego krisis- es un capitalismo monopólico corporativo transnacional con ramificaciones en los ejes financieros-económicos-comunicacionales-militares de carácter global con epicentro en los EEUU.

 

Pero no debemos asociar mecánicamente y confundir neoliberalismo con sistema mundo. El neoliberalismo como dijimos, es una sube tapa del sistema mundo que empezó en el siglo XV en Europa occidental.

 

El primero que utilizó la categoría de sistema mundo como política global, ha sido el gran geopolítico inglés Halford Mackinder cuando en su famosa conferencia de 1904 “El pivot geográfico en la historia”, afirma que la etapa de los grandes descubrimientos había llegado a su fin y que el mundo se había transformado en un único sistema.

 

La crisis de la globalización en el subperíodo del sistema mundo ha sido, entre otras, las causas del triunfo de Trump en los Estados Unidos, la derrota del Brexit , la crisis europea con la consecuente aparición de partidos “anti sistema” -mal llamados populismos- sino que en el fondo representan la vieja xenofobia que condujo a los totalitarismos.

 

La Unión Europea, a diferencia de lo que afirma Linera, no fue nunca “la mayor y mas exitosa ilusión liberal de nuestros tiempos”. Y que “provenga de dos naciones que hace 35 años atrás, enfundadas en sus corazas, anunciaron el advenimiento del libre comercio y la globalización como la inevitable redención de la humanidad”.

 

Esto en verdad, es un concepto abstracto y hasta un poco confuso. Europa fracasó porque no pudo llevar a cabo el ideal fundacional de un Estado europeo con los fundadores Schumann, Adenauer, Monnet, etc. Prevalecieron sus fracturas religiosas, culturales, lingüísticas y políticas y Europa no pudo armonizar o sincronizar la identidad entre la Unión Europea, la Eurozona y la OTAN. Más aun, al carecer de un brazo militar propiamente europeo y con Inglaterra erosionando o jaqueando como punta de lanza norteamericana .En síntesis, es la vieja pero siempre vigente política que aconsejo el gran geopolítico norteamericano del poder marítimo, el Almirante Alfred Mahan a los ingleses en 1904, que se acoplasen a la política norteamericana.

 

La globalización como “horizonte político” ideológico capaz de encausar las esperanzas colectivas hacia un único destino que permitiera realizar todas las posibles expectativas de bienestar, ha estallado en mil pedazos”.

 

Aquí nos parece, un error clave de Linera, porque lo que estalló fue la dictadura del pensamiento único del neoliberalismo y de su falsa opción, de que el mercado gobierna y el Estado administra. Sin embargo, el sistema mundo -nosotros utilizamos esta categoría analítica desde la visión Geopolítica de Mackinder- avanza con una velocidad inédita .Y esta falsedad ideológica, tiene tanta potencialidad en Occidente que terminó colonizando culturalmente al pensamiento político occidental en todo su espectro, desde el arco ideológico del liberalismo al socia-liberalismo en lo político y en las ciencias sociales, la tercera vía de Antonny Giddens fue una caricatura del liberalismo.

 

Esto no quiere decir, como sostiene Linera, que “hoy no existe en su lugar nada mundial que articule esas expectativas comunes; lo que se tiene es un repliegue atemorizado al interior de las fronteras y el retorno a un tribalismo político, alimentado por la ira xenofóbica , ante un mundo que ya no es el mundo de nadie”.

 

Está fuera de discusión el aporte de Marx como uno de “los primeros y más acucioso investigador de los procesos de globalización del régimen capitalista”. Tampoco “los esquemas de Giovanni Arrighi en su propuesta de ciclos sistémicos de acumulación capitalista a la cabeza de un Estado hegemónico: Génova-siglos XV-XVI-, los Países Bajos -siglo XVIII-, Inglaterra-siglo XIX- y Estados Unidos-siglo XX-.”

 

Linera, se queda en la cita de Marx y de Arrighi pero no precisa, y esto se torna medular, los tipos y capacidades estatales en cada ciclo sistémico del capitalismo. El recorrido histórico seria: ciudad-estado burguesa, Estado-monárquico, Estado-Nación industrial -este actor dejó de ser exclusivamente europeo y llegaron a poseer esa capacidad Inglaterra, Francia, Alemania e Italia -en esa secuencia-, Japón, el primero extra europeo- y el Estado continental industrial- EEUU, luego de la guerra de la secesión y la URSS. En el fondo un Estado continental industrial reúne, en un espacio de dimensiones geográficas continentales, un poder que reúna la dimensión científica-tecnológica, industrial, militar, cultural y por lo tanto la renta geoestratégica de sumar un poder estatal continental industrial. En verdad, la guerra fría más que una confrontación ideológica fue la bipolaridad de dos Estados continentales industriales. Cuando implosiona la URSS se inicia una nueva lógica mundial. Aquí se hace altamente necesario dos puntualizaciones:

 

 A-En la historia habían existido Estados continentales, pero agrarios multiétnicos. Como el romano, el imperio mongol, etc.  Pero, el primero industrial fueron los EEUU, superadores de toda unidad política previa. B-Linera ha expresado en muchas ocasiones la necesidad de concretar en Nuestra América un “Estado continental plurinacional”. Se vuelve difícil de entender esta categoría porque en verdad somos una Nación fragmentada en múltiples Estados. Una Nación en la diversidad, donde lo común es lo ibérico y la diversidad reside en la riqueza de nuestras etnias originarias y las diferentes formas que tomó el mestizaje con sus choques y confluencia. 

 

Es decir, la única respuesta al desafío que nos somete el sistema mundo es la Nación de Repúblicas de Bolívar, la Patria Grande de Ugarte, el continentalismo de Perón. Allí se encuentra el núcleo de nuestra razón de SER o NO SER.

 

Es la Patria Grande o la nada. Así de simple. Así de complejo. Así de difícil. Así de apasionante.

 

La caída de la URSS significó para George Bush-padre- el comienzo de un “nuevo orden mundial” en correlato con el japonés norteamericano Francis Fukuyama que afirma “El fin de la historia”. Esta fue la interpretación oficial que irradia al mundo la República Imperial, al decir de Aron. Linera cae en esta conceptualización al decir: “Hoy, cuando retumban los últimos petardos de la Larga fiesta del fin de la historia, resulta que quien salió vencedor, ha fallecido dejando al mundo sin final ni horizonte victorioso”.

No estamos de acuerdo para nada de esta afirmación incluso riesgosa, porque en verdad desde nuestra óptica, la caída de un polo -URSS- no se reflejó en la victoria del otro polo -EEUU-, sino que se iniciaba una nueva lógica mundial donde las incertezas predominan por sobre las certezas. Uno de los que advirtió de esta nueva lógica mundial, es justo reconocerlo, fue el Papa Juan Pablo II en 1991 en la Encíclica Centésimas Annus -a cien años de la República Novarum-.

 

-“Entonces con el socialismo de Estado derrotado y el neoliberalismo fallecido por suicidio, el mundo se queda sin horizonte, sin futuro, sin esperanza movilizadora”.

 

Repetimos, Linera expresa un pesimismo que opaca su relativo optimismo -nos atenemos a su nota-, por la crisis de Occidente.

 

Sin embargo, esta crisis de Occidente para nada debe eclipsar para Nuestra América en categoría de José Martí, dos sucesos centrales del actual sistema mundo:

 

-la emergencia definitiva de un “orden” multipolar de carácter global desoccidental -por primera vez en la historia- y multicivilizacional de círculos culturales que convergen geoculturalmente con los Estados continentales (EEUU, China, Rusia, India, Irán, etc.).

 

-la irrupción de un Papa Latinoamericano por primera vez en la historia, como el Papa Francisco, hijo de la Teología de la Cultura que rescata la religiosidad popular, la opción por los pobres y la Patria Grande. Partidario de un Estado Continental en América Latina, de gran influencia en su formación, el pensador uruguayo Alberto Methol Ferré

 

-un “orden” multipolar nos brinda a los latinoamericanos un mayor margen de viabilidad, si nos ponemos en la altura de las exigencias de la época

 

El final o conclusión de Linera nos parece interesante. Apela a la esperanza: “No existe ser humano que pueda prescindir de un horizonte y hoy estamos compelidos a construir uno. Eso es lo común de los humanos y ese común es el que puede llevarnos a diseñar un nuevo camino distinto a este emergente capitalismo que acaba de perder la fe en sí mismo”.

Nadie puede prescindir de la esperanza. Pero en esta conclusión de Linera, dejamos esta observación. En primer lugar, no se trata de un capitalismo emergente sino de una economía casino que está llenando al sistema mundo de lo que el Papa Francisco llamó “la globalización de la indiferencia”. Y refugiarnos solo en la esperanza es un camino de derrota anunciada. Aquí también volvemos al último libertador José Martí, cuando decía: “Para crear hay que creer”.

 

Desbordaría esta nota y caeríamos en el intelectualismo inútil y dañino, creer que se puede elaborar un plan de gobierno como hoja de ruta de compromiso con el futuro a partir de nuestras raíces y no de evasión y de refugio pasivo con la esperanza.

 

Este enorme desafío nos conduce al Maestro del Libertador Simón Bolívar, Don Simón Rodríguez y su apotegma: “O inventamos o erramos”.

 

En este sentido, rescatamos la oleada integracionista postconsenso de Washington que integró los peldaños del Mercosur, la Unasur y la CELAC. Pero, como dijo el ex presidente de Uruguay José Mujica, quedamos rehenes de los discursos.

 

Una hoja de ruta constituye puntos concretos transformados en metas estratégicas a realizarse en no más de dos años. Es decir las metas relegan a los discursos. Metas que deben ser conducente al Estado continental. En forma de ejemplo me permitiré enumerar algunas a realizar dije en dos años como máximo:

 

-Ciudadanía común suramericana y latinoamericana.

-Reconocimiento de estudios en todos sus niveles

-Tierra, techo y trabajo sea los acuerdos programáticos de todas las fuerzas políticas y movimientos sociales

-Integración de infraestructura y energética del subcontinente con el paradigma de la Casa Común del Desarrollo Sustentable y Sostenible

-Armonización de códigos penales y criminalidad económica para una lucha frontal contra la criminalidad organizada

-Ley común regional para el financiamiento de las campañas políticas con el fin de evitar el financiamiento de la política y transparentarla al máximo

-Recuperar una Pedagogía Latinoamericana que incluya las nuevas tecnologías y nuevas redes en la globalización. Debemos generar el humanismo que reconcilie a la Ética con la Ciencia. La educación inclusiva sólo es, si es de calidad. Esto es imposible sin una política que devuelva la alianza entre el estado, la familia y la escuela

-Fortalecer y potenciar medios de comunicación desde y para la comunidad. Con decisión y respetando la libertad.

-Impulsar cadenas de complementariedad económica industrial que tenga como base las pymes y el cooperativismo.

 

Estas son simples enunciados concretas a manera de ejemplo. Pero todas ellas resultan imposible sin el primer punto que ahora enunciamos y todo sería una mentira

-Solo es posible llevar a cabo estas medidas con una reconstrucción de un poder ético político impenetrable a la corrupción. El cáncer más difícil que nos ha tocado vivir. No, porque sea nuevo, sino empieza a ser sistémico. Por lo que esta epopeya nos involucra a todos.

Agradezco enormemente a Álvaro García Linera que me hizo pensar. Y esta es una tarea de todos, porque el pensar con muchos es mejor que con uno.

 


Nota

 

  1. La globalización ha muerto, Pagina12/La otra mirada https://www.pagina12.com.ar/11761-la-globalizacion-ha-muerto
  2. Ambas notas fueron tomadas de América Latina en Movimiento, 04/01/17

 

 

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